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martes, 3 de abril de 2012

Los roscos de la Saluíta

Volver a Posadas en los setenta, desde Cazorla, era una odisea. Tomábamos un autobús que nos llevaba a Úbeda, allí esperábamos para subirnos a otro que nos llevaría a Córdoba, donde nos recogerían finalmente el Tito Jose o alguien enviado por la abuela, generalmente Manolito el taxista, con su flamante Chrysler 180, para llegar al pueblo. Volvíamos dos o tres veces al año. Navidad y verano, y, si se podía, en Semana Santa, que para mí era el regreso más especial. 

En el viaje, distintos hitos lo iban aligerando. Canena, Úbeda, Andujar, El Carpio, Córdoba, el Castillo de Almodóvar. Por fin Posadas. Pasábamos por el Tejar, primero. Mira la prima Maruja! – decía mi madre, y a cada metro los hitos empezaban a tener vida, eran personas. ¡Mira el primo Manolo! ¡Hay que ver como está fulano! ¿aquella es tu tía? 

Desde el otro lado la expectativa también es grande ¿viene la niña este año? ¿Ha llegado la prima? Esta año no, no toca. O, - si que viene, llega el sábado con los niños y el miércoles llegará Luis. Las mismas ganas de verte que de verlos. 

Y el regreso traía el encuentro. Los primos, las titas, la abuela Josefa, la abuela Salud, la Chacha y el Chacho, los  amigos, las vecinas. Y también con aquellos otros que también se fueron de su tierra y regresan, lo mismo que tú, cuando pueden, a estar con los suyos. 

Al final embocábamos la Calle Gaitán, dejando atrás el Paseo, que en primavera desprendía el olor inconfundible de los naranjos en flor. El primer olor que iría llenando mi memoria durante toda la semana. 

El olor que desprende una túnica recién planchada. El de la cera retirada con un papel de estraza apretado contra el metal caliente. La misma cera del año anterior desprendida al limpiar un candelabro o un cirial en la ermita de Jesús. El olor de la greda preparada para recibir y aguantar las flores de los pasos de "los Moraos". O el aroma del romero recién cogido que serviría de alfombra a los pies del Nazareno. 

Olores intensos, como el incienso para la procesión o el barniz para los pasos. El aguarrás para limpiar las brochas o el del pulimento para los dorados y plateados. 

El olor a tierra mojada que traía los malos presagios para los días grandes, que luego nos daba la tregua suficiente para disfrutar de la cofradía en la calle. El olor del cuero de los cinturones de esparto. El olor a esparto. El olor del pabilo del cirio al encenderse. Y al apagarse. 

Y el olor a comida. El olor reinante a Bacalao. Bacalao con tomate, arroz con bacalao, bacalao frito. En algún momento del día bacalao. Solo de mayor lo he empezado a valorar como se merece. 

Y el olor a la canela en las manos de mi abuela. Esas manos tan grandes, deformadas por la artrosis, tan trabajadas y trabajadoras, que aunque pareciera imposible, eran capaces de darte las caricias más dulces, y más, cuando al hacerlo, te impregnaba el olor a pestiños, a magdalenas o a roscos. 

¡Ay, los roscos! Voy a hacer cuatro huevos- decía, y preparaba una olla de la que íbamos sacando jugo hasta el Domingo de Resurrección. Nosotros y las visitas, que en esa casa siempre fueron muchas y bien recibidas. 

No me he atrevido ni con las magdalenas ni con los pestiños. Todavía. Con los roscos, si. 

Lo primero que hago, aunque tengo la receta escrita, es hablar siempre con mi madre para que me la vaya contando. Luego digo: “Este años solo voy a hacer dos huevos”. Sonrío. Preparo los ingredientes como el que inicia un rito del pasado. 

Para dos huevos: Doce cucharadas aceite frito con cáscara de limón y frío. Doce cucharadas de leche. Un cuarto de azúcar. Una cucharada de matalahúga. Una cucharada de ajonjolí. Una pizca de sal. Una cucharadita de canela. Una cucharadita rasa de bicarbonato. La raspadura de un limón. Y harina, la que admita (entre tres cuartos y un kilo aproximadamente). 

Los roscos los hago siempre por la tarde. Previamente, por la mañana, preparo el aceite de oliva frito con la piel del limón, para dejarlo enfriar y esté listo luego.

También preparo una mezcla de azúcar y canela con la que iré embadurnado los roscos una vez fritos. 

Comienzo separando las claras de las yemas. A las yemas batidas le pongo el aceite frito y frío, la leche, el azúcar, la matalahúga, el ajonjolí, la pizca de sal, la cucharadita de canela, el bicarbonato y la raspadura de limón. Una vez bien mezclado, le añado las claras a punto de nieve. 

A esta mezcla le voy echando harina hasta que admita (alrededor de tres cuartos de kilo), de forma que nos quede una masa que se quede pegada aún al cacharro donde la hemos preparado, y que no se despegue con facilidad de las manos. 


Una vez que está la masa preparada, nos mojamos las manos en aceite crudo y tomamos una pequeña cantidad para darle forma hasta que “parezca un rosco”, y lo echamos al aceite que ha de estar bien caliente. Una vez frito lo colocamos en una superficie plana, lo dejamos enfriar un poco y lo embadurnamos de azúcar y canela. 

De chico, pasaba por la cocina y, furtivamente, tomaba dos o tres. “!No comas más que te va a doler la barriga, chiquillo¡ ¡Espérate a que se enfríen¡ ¡Ni uno más, ¿te has enterado? Ni uno más!”. Al final no me dolía la barriga, aunque hubieran caído cinco o seis de los calientes y a pesar de que luego cayeran cinco o seis de los fríos. 

Comienzo a cogerle el punto, aunque es difícil superar los que mi abuela hacía. Los míos pueden tener la presencia, el tamaño, la textura y el sabor sobresalientes, pero les falta algo. Nos falta ella. Lo mejor es que, como tantas otras cosas, estos roscos también nos traen su recuerdo. 

¡Que aproveche!

martes, 30 de agosto de 2011

La mirada del maestro.

El domingo 28 de Agosto de 2011 tuvo lugar en el Cementerio de Posadas, un acto en recuerdo de Antonino Sanz Toscano, maestro, y Alfredo Herrera Siles, Médico. Ambos fueron asesinados en la madrugada del 30 de Agosto de 1936.


Por iniciativa de Alfredo Herrera Casado y Luis A. Sanz Hidalgo, y con la inestimable colaboración de Joaquín Casado se han colocado unas flores en la tumba que comparten tres de las primeras víctimas del franquismo en Posadas (junto a ellos dos se enterró un tercer cadáver que no pudo ser reconocido).

Además de la ofrenda floral, junto con una sobrina de Alfredo Herrera, tuve el honor de leer unas palabras de recuerdo. Son las siguientes:



Cuando era niño se hablaba poco de algunas cosas y si se hacía siempre era bajito y con pocas palabras. Como niños vivíamos con curiosidad esas ocasiones, y más aún cuando se nos vetaban o se nos escondían.

Me llamo Antonino como mi abuelo, el padre de mi padre, al que no pude conocer. Había muerto joven, cuando mi padre tenía solo seis meses de vida. Me parezco mucho a él, según decían quienes lo conocieron, y como atestiguan las viejas fotografías que conservamos. En mi niñez, un halo de misterio rodeó siempre su figura. Eran otros tiempos.

Un día, en una mañana de verano, jugando en casa de Antonio Jiménez, su padre, Rafael, tomando el fresco cerca de la puerta del patio, me tomo de la mano y me dijo, con la dificultad con la que habla un hombre traqueotomizado, Yo conocí a tu abuelo Antonino, te pareces mucho a él, ¡que pena que lo mataran!, ¡una verdadera pena!


Y así comenzó la curiosidad, y comencé a preguntar y a indagar. Las tardes de verano, una vez recogido el toldo, eran propicias para charlar con la abuela Josefa de casi cualquier cosa, hasta del abuelo. Y, así, poco a poco, empecé a descubrir sus inquietudes, sus aficiones, sus pasiones, sus ideas, su trabajo. Y llegó el día en que me contó cosas de la guerra, de los días en el campo, de las dudas, del regreso al pueblo, de la detención y de aquella maldita madrugada que hoy recordamos.


Pocas cosas más. La tita Francisca me contó más cosas, mi tío Jose, mi padre, mi madre, Joaquín Casado, la abuela Salud, Luis Serrano y tantas gentes que lo conocieron y compartieron con él su vida. Y hemos venido descubriendo al poeta, al dibujante, al bailarín, al padrazo, al amante esposo, al hombre comprometido, al buen hijo, al amigo, al violinista, al dandy, al fotógrafo, al maestro y al abuelo.

Para que un sistema sin libertades pueda mantenerse en el tiempo necesita del miedo instalado en la sociedad y no hay otra forma más potente para generarlo que la violencia gratuita y las injusticias.

Hoy conmemoramos la muerte violenta e injusta de nuestros seres queridos, y también de los que cayeron a su lado. Podemos buscar causas o razones para intentar entender esta sinrazón. No existen. Escribir un artículo denunciando los privilegios de unos y las miserias de otros no es razón para morir. Denunciar las carencias sanitarias de un alto porcentaje de la población tampoco es razón para matar a un hombre. Bajar de la sierra en el momento más inoportuno, tampoco.

Solo es posible entender estos crímenes si somos capaces de entender que mientras más injusto son este tipo de actos más fácil es inocular el miedo para controlar una sociedad cautiva.

En libertad, ahora, podemos hablar de todo esto. Conocerlo y analizarlo. Antes no. Y la conclusión es que su desaparición física trajo el miedo, el silencio, pero no el olvido. Nuestra presencia aquí lo demuestra.

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Luis Alejo, hijo de Antonino Sanz Toscano
Nuestros seres queridos han estado presentes en nuestras vidas, acompañándonos. Algunos llevamos sus nombres, otros heredaron la miopía, o la forma de hablar, quizás, o ¿quién sabe si el gusto musical? Si miro a mi padre, a mis hermanas, a mis sobrinos y a mi hijo puedo encontrar algo que le pertenece, algo que es suyo y que permanece en el tiempo.



Esa es la derrota de sus verdugos. Ese es nuestro triunfo, su triunfo. Desaparecieron, pero no se han ido. Por eso estamos aquí hoy, después de 75 años, recordándolos y haciéndolos más presentes que nunca.

Me llamo Antonino como mi abuelo. En Rusia no entendían porqué quise que mi hijo se llamará como yo. Siempre he llevado orgulloso este nombre, aunque algún dolor de cabeza he tenido, y cuando me miro al espejo, reconozco en mis ojos la mirada del maestro cuyo retrato siempre ha estado en lugar preferente en casa de mis padres.

Un amigo me contaba que su abuelo le pidió que le contara a su nieto que su abuelo le había dicho algo que el abuelo de este último le había contado. Nueve generaciones transmitiéndose conocimiento. Ahí es nada.

Cuando le cuente a mi hijo porque se llama como se llama, le hablaré de los sorianos, de los Toscanos y de los Hidalgos, le pediré que le cuente a sus hijos y nietos que tuvo un bisabuelo, del que toma su nombre. Le contaré su vida y su ejemplo. Que mis ojos son los suyos. Y que, aunque mi hijo no tenga los míos, compartimos, junto con mi padre, la mirada del maestro y es por eso que habita siempre en nuestra memoria.

viernes, 26 de agosto de 2011

Casualidades, por Ana Borrego

No sé si pensar que ha sido el destino, la casualidad, el azar u otro Ser o seres  importantes al que muchos hacen responsable de nuestra existencia. Desde luego algo ha tenido que ser.

Hoy, 26 de agosto, hace un mes que celebramos el día de Santa Ana, día señalado en el calendario familiar, día de felicitaciones, celebraciones y regalos, casi siempre el 25 de julio a las doce de la noche. Este año, aproximadamente a esa hora, llegabamos al aeropuerto de Sevilla con nuestro “mejor regalo”, nuestro hijo.

Pero esta no es la única coincidencia. Iniciamos este viaje de forma oficial en mayo del 2008 y a los ocho meses, salidos de cuentas, nació un niño rubio de ojos azules que ahora está dormidito con su padre en la cama. 

Nuestra vida estará siempre unido a dos ciudades, Sevilla y Volgogrado, y a dos ríos, el Guadalquivir y el Volga. También a dos fechas el 28 de febrero, día de Andalucía y el 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, día de fiesta en toda la Rusia. En la primera, salimos de Sevilla rumbo a Moscú para conocer a Rostistlav, ese niño rubio de ojos azules, y en la segunda, volvimos de Volgogrado hacia Sevilla con un gran deseo: recibir pronto una llamada que nos dijera cuando podríamos regresar.

De nuevo el destino, la casualidad o… no sé qué. La llamada que nos comunicaba la vuelta a Rusia para concluir nuestro viaje y regresar con el pequeño “Nino”  llegó el 20 de junio, como regalo de cumpleaños de Antonino.

Lo cierto es que hoy día estoy segura de que, parafraseando a Arthur Schopenhauer, “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que las jugamos”. Por cierto que también lo dijo Stalin, del que la ciudad de Volgogrado tomó su nombre por algún tiempo, Stalingrado. Casualidades de la vida.

martes, 2 de agosto de 2011

Matria


Cualquier hora menos el mediodía. El sol está en todo lo alto y las sombras que su luz genera no son las más adecuadas, sobretodo en los rostros, que aparecen deformados e indefinidos.

Desde luego tampoco es aconsejable las mañanas estivales. La calima llena de bruma el fondo de la foto. El cielo pierde sus colores naturales y obliga a trabajar a altas velocidades y diafragmas pequeños.

Las reglas de la fotografía perfecta aconsejan huir de esta hora del día. Sin embargo hay momentos que no permiten la espera. Técnicamente seguro que no, pero para mí que esta es una foto perfecta.

martes, 19 de julio de 2011

Mañana no, después tampoco. Al otro, al otro.

Pap está como una cabra. Me gusta que sea así. Hincha los mofletes, abre los ojos, arquea las cejas y emite pedorretas al mismo tiempo. No sé muy bien como lo hace pero no puedo parar de reir.

Mam es más tranquila, me canta canciones y me cuenta cuentos. Me gusta que me coja y me abrace y me bese.


Los tres jugamos a muchas cosas. A mi me gusta coger piedras del suelo, arrancar hojitas de los árboles o perseguir al gatito. Nos gusta salir corriendo hacia un grupo de pajarillos y verlos salir volando, todos al mismo tiempo.


Mam y Pap vienen a verme todos los días. Y no me gusta que se retrasen. Por la mañana me recogen en el área de juegos y yo les digo que se esperen, que me tengo que poner los zapatos. Pero no sé bien si logro que me entiendan. Son un poco torpes. Bueno, yo tampoco los entiendo algunas veces, porque hablan muy raro y muy alto. 

A veces no se enteran de nada de lo que les estoy diciendo y no me hacen caso. Eso no me gusta y me enfado. Pero se me pasa pronto porque Pap y Mam me dan muchos besos. 

Saben muchas cosas de mi. Yo creo que Irina les ha contado algo, porque me traen comidas que me gustan mucho. Y sobre todo galletas. Antes me traían más, pero creo que Sasha les ha dicho algo de que se me suelta la barriga. Tengo que hablar con ella. 

Ayer me trajeron una cosa que al principio no me gustaba mucho. Pap jugaba a que era un avión y movía la cuchara en el aire y Mam lo probaba y luego yo me reía y al final me comía un poquito. Pap se cree que no me doy cuenta, pero él no lo prueba. Pone cara rara cuando lo huele y hace que lo prueba, pero yo sé que no. Svetlana le ha dicho a Mam que el requesón es muy bueno para mí. 

Hoy he oído un ruido en el cielo y he visto un pájaro grande y verde. Dice Pap que muy pronto los tres iremos a casa en uno de esos. Y me da besos.

Pap ya no pincha cuando me besa. Ya no tiene tanta pelusa oscura en la cara, de esa que raspa. Creo que Mam le ha dado una medicina para que no le salga tanta. 

Mam huele a galletas y a mi eso me gusta mucho. Me canta canciones que no entiendo pero que me hacen mucha gracia. Una de un gato y unas natillas, y la baila con Pap al mismo tiempo. También me canta otra de un muñeco más chico que un tapón. Pero yo no lo veo, supongo que es porque los tapones son chicos.
 
Pap también canta canciones, pero esas si que no las entiendo. Que si una caperucita que vive con tres cerditos, que si un lobo bueno que vuela por los cielos o que si en un castillo vive un mago que sabe hacer todas las comidas del mundo mundial. Son raras ¿a que sí? Pero las cuenta de una forma que no puedo dejar de reir. 

Pap me trae globos, los infla y los cierra con un nudo. Jugamos un rato con ellos y luego yo los cojo y le doy palmaditas para que Pap se dé cuenta de que quiero que los pise y los explote. El otro día reventamos tres, pero dice Pap que ya no lo haremos más, por lo menos hasta que lleguemos a Sevilla, porque el guarda de la Casa Cuna, el del pelo blanco, vino corriendo asustado porque creía que estaban disparando o yo qué sé. Y Pap pasó mucha vergüenza. Luego nos reímos mucho los tres. El guarda también se ríe ahora cuando ve a Pap, que se le pone roja toda la cara. 

Mam me cuenta cosas que vamos a hacer cuando vayamos a casa. Me dice que cerca está el Guadalquivir, y que vamos a ir a pasear con Pedro, Jesús y Carmen. Iremos al parque donde estaremos con Leo y Laita. Y en la Alameda seguro que nos encontramos con Diego y Alejo y a lo mejor también vemos a David.

Dice Mam que los abuelos no viven en Sevilla, sino en Almodóvar. Tiene un castillo muy grande. Más grande que los que Pap hace con las piezas de colores. Ese seguro que no puedo tirarlo con la mano. Allí iremos a la piscina de la tita May y el tito Rafa y jugaremos con los primos en el agua. 

Pap dice que allí comeremos tortilla y salmorejo. Que el abuelo Luis y la abuela María vendrán con nosotros a pasar la tarde con el primo Carlos, el primo Pablo y la prima Rocío. Luego, dice, que la prima Marisaluchica y el primo Rafa me sacarán de paseo. 

Para cenar la tita Pepa habrá hecho croquetas y el tito Juan tocará la guitarra. Dice Mam que las croquetas no son como las de aquí, pero que me van a gustar mucho. La tita Inma y el tito Juanchu me traerán heladito de los Roldanes, que dice Mam que está requebueno. 

Dice Pap que cuando sea Domingo vamos a comer blinis y churros. Me ha contado un rollo del hermanamiento de dos pueblos y todo eso, pero todavía soy muy chiquito para poder entenderlo. Dice que los blinis los ponemos nosotros y los churros el tito Jose y la tita Mariri, que seguro que vienen con la prima Ana, que también tiene muchas ganas de verme. 

La abuela Anita también hace muy buenas las croquetas, pero las de pescado, que dice Pap que también están muy ricas. Dice Mam que allí vamos a jugar con Uma que me quiere dejar muchos de sus juguetes. 

La tata me llevará a ver los conejos y el Nono me va arreglar el pelo, que lo tengo un poco descuadrado. 

Dice Mam que el tito Pepe ha preparado un chiringuito en la terraza de la abuela. Yo no sé que es un chiringuito, pero dice Pap que hay agüita y sombrita y que seguro que me gustará jugar allí con el primo José Angel y la tita Ana. 

El primo Francisco me va a llevar a la playa, con la tita Loli y el tito Paco. Pero dice Mam que como soy tan rubito y blanquito me tengo que poner mucha crema para que el sol no me haga daño. 

Me cuentan muchas cosas que vamos a hacer juntos y me habla de mucha gente, que yo no conozco pero que dice Mam que están deseando de verme. No recuerdo bien los nombres, porque son muchos, muchos, muchos y todos quieren mucho a Pap y Mam y ellos también los quieren mucho, porque cuando me hablan de ellos se les ve muy felices. 

Sé que vamos a hacernos fotos en el río, a montar en una bicicleta roja y a jugar con una perra llamada Migua. Que  a lo mejor vamos a Barcelona a ver a los primos y a la Mariquilla. Que nos vamos a comer un perol en un parque periurbano de un rincón de José, pero de eso no me acuerdo muy bien. También sé que hay un gato chulo que me espera asomado a una ventana. 

Dice Pap que voy a conocer a la mujer montaña, y que vamos a ver la berrea de los ciervos en Hornachuelos. Que iremos al Pumarejo a tomarnos una tapita de caracoles y que un día me va a llevar donde nace el Guadalquivir. Mam dice que Pap me va a contar un cuento que se llama "Tatán y los archiveros", pero que todavía está pensándolo porque tiene que terminar el de "Los pintores que jugaban al paddle". Pap también me ha dicho que me va a llevar a ver al mejor equipo de fútbol del mundo, pero ya no me acuerdo de si es el Sevilla o el Barcelona. Uno de los dos será.

Dicen que ya falta poco para que estemos todos juntos en casa y yo tengo muchas ganas llegar y de que estemos todos reunidos y poder conocerlos a todos. Dice Pap que mañana no, que al otro, tampoco, pero al otro, al otro sí, ya estaremos en casa. ¡qué ganitas tengo!

miércoles, 13 de julio de 2011

Maravillosa rutina

Suena el despertador. Tenemos que ponernos en marcha. Aunque llevamos despiertos más de dos horas, esta es la alarma que marca el inicio de nuestra jornada. Desde que amaneció, sobre las cinco de la mañana, estamos despiertos. Leyendo, contestando correos, revisando el “feisbu” o leyendo las ediciones digitales de los periódicos. Pero es a las ocho y media cuando comienza nuestra bendita rutina. Recogemos la habitación, nos aseamos, preparamos las cosas que nos vamos a llevar y bajamos a desayunar. 

La peculiaridad que el desayuno tiene es que el noventa por ciento de lo que hay de comestible no tenemos ni idea de lo que exactamente es. Los huevos son huevos, pero esas albóndigas oscuras ¿serán de ternera? ¿de cordero? Ana, más valiente que yo, va probando y, conociéndome, me va diciendo el porcentaje de probabilidad de que me guste o no ¡Delicadito que es el niño! 


Al final, una taza de café con leche, zumo de naranja, un par de huevos fritos y unas patatas asadas, que están deliciosas. Probamos unos blinis y nos atrevemos con una especie de hamburguesa, que al final está hecha con hígado de pollo. Suponemos. Yo he descubierto unas gachas de avena que están bastante buenas. A veces, probamos el revuelto de col, pero se me sigue resistiendo esa albóndiga tan oscura y extraña.

Volvemos a la habitación y terminamos de prepararnos. A las diez menos diez nos recoge Svetlana. La eficiente Sevetlana, la amable Sevetlana. Siempre tan precisa, siempre tan dispuesta a hacernos más fácil todo este proceso.

Tardamos poco en llega a la Calle Comunistichescaya (la calle comunista), donde esta la Casa Cuna. De camino, quizás hayamos parado a cambiar euros por rublos. Svetlana nos aconseja el mejor momento, porque, tal y como están las cosas en Europa, varía mucho la relación entre ambos de un día para otro. Curioso como nos hablan los rusos de Europa, como si fuéramos un solo país, con un solo objetivo, aunque nosotros no valoremos ni siquiera esa posibilidad. 
Llegamos a la Casa Cuna, saludamos al guarda en el control. De los dos que se van turnando, el mayor es más simpático y agradable. Toma nota en su vieja libreta de registro de accesos. Luego, a la tarde, anotará la salida.
La diferencia con nuestras primeras visitas, durante el mes de marzo, es que el jardín helado y desierto se ha convertido en un oasis exuberante donde pasamos la mayor parte del tiempo, buscando la sombra y los lugares frescos, por el que no no cesa el continuo trajín de cuidadoras, administrativos, personal médico, visitantes y niños y niñas.

Nos dirigimos al Grupo III, donde vive nuestro hijo. Acaba de tomar el segundo desayuno. La cuidadora lo trae en brazos y nos explica, a través de Svetlana, como ha dormido, lo que ha comido y si es conveniente o no que le demos algo más de la comida que le traemos. 

Dos horas tenemos por delante, que se nos hacen cortísimas, para jugar, conocernos y querernos. Dos horas en las que nos vamos preparándonos poco a poco, los tres, para ser una familia. Sin entendernos bien, procuramos comunicarnos si la mediación de interpretes.  


Si muevo el dedo índice de un lado a otro es que no, y si él se señala el bracito lo que quiere es que le cuelgue su mochilita de Bob Esponja, que por cierto no consiente ponérsela en la espalda y hay que ingeniárselas para que la lleve por delante.

Si pongo las palmas de las manos hacia arriba es que estoy preguntando ¿dónde está? Y si me señala con su dedo indice su boquita es que quiere una galleta. 

¡Ay, las galletas mágicas que nos abrieron su corazón! Siempre tiene que tener una galleta en la mano, no se la suele comer hasta el final de la visita. Y la galleta, como escudo protector aguanta su papel hasta el final, cuando, en un pispás, desaparece engullida.

Ayer dijo agua. El segundo día dijo papá y mamá. Veremos con qué nos sorprende hoy.

Entre risas, juegos, abrazos, caprichos, lloros, besos, carcajadas, carreras, transcurre la visita. Dos horas cortas en las que vamos marcando los límites de nuestra futura convivencia, aprendiendo a ser padres y aprendiendo a convivir entre nosotros.

Así hasta las doce. Ya sabe lo que viene. Comienza a hacerse el remolón. Se nota que también conoce la rutina. Si en los primeros encuentros el recibimiento era lo más duro, ahora lo es la despedida. Llora desconsolado porque nos vamos y lo dejamos allí. El hueco que se te queda en el pecho es inmenso. Ya no lo veremos hasta la tarde.

Volvemos al Hotel Volgogrado. Allí dejaremos las cosas del niño y saldremos a alguno de los centros comerciales que por aquí cerca hay. Buscaremos algo para comer, algo que necesite el niño o simplemente pañales para la Casa Cuna.

Hoy comeremos en un self-service que hemos descubierto. Mañana ya veremos. Comidos y con las compras hechas regresamos al hotel. Leemos algo, revisamos el correo electrónico y descansamos un poco. A las cuatro menos diez nos recogerá de nuevo Svetlana. Tomamos un café en la habitación, nos preparamos y salimos.

Regresamos a la Casa Cuna. El niño acaba de terminar su siesta y ha tomado su merienda. Tenemos que darle un tiempo para que vaya tomando su ritmo normal, que es muy fuerte. Ahora toca perseguir un gatito, o recoger un palo que mamá dice que con él se puede hacer daño, y llora desconsolado cuando se lo quitamos. No importa, papá ha cogido una hormiga y se la pasa de mano en mano mientras la risa floja gana terreno. 

Damos un paseo, saludamos a otros niños que también han salido a pasear por los jardines de la Casa. ¡Mira! ¡Un pájaro, un carbonerito!, le digo. Y corre con mamá tras él, pero sale volando. Me llama con la manita a lo lejos como diciendo ¡ven, corre, ven! Y voy, y corro tras él, y jugamos al corre que te pillo. Y lo pillo, y lo abrazo, y me lo como a besos y se ríe a carcajadas. Y felices los tres.

Un extraño ruido. Señala al cielo, y un avión verde, como el que nos trajo, sobrevuela nuestras cabezas. ¡Mira, mira!, parece decir. Y yo le digo que pronto iremos nosotros en uno como ese. Y le beso.   
Ahora una piedra del suelo, o la moto que le trajimos en el primer viaje, o las piezas de goma espuma para construir castillos. Este es como el de Almodóvar, le dice Ana. Y él lo derriba, mientras yo trato, teatralmente, de impedírselo. Y nos reímos hasta deshacernos. Así hasta las séis. 

Esta vez no llora. Le he dado uno de esos caramelos que tanto le gustan, esos de gominola, y, mientras nos despedimos, anda medio despistado intentando quitarle el papel. Cuando nos hemos separado diez metros levanta la mano y la mueve. No sé si quiere que vuelva o me dice hasta mañana, pero no le gusta que nos vayamos. ¡ah!, Ana y yo suspiramos y nos damos la mano.

Volvemos al hotel, de nuevo. El tiempo vuela. Nos duchamos, preparamos el ordenador, descargamos las fotos y los videos y empezamos la ronda de llamadas a la familia. El milagroso Skype nos mantiene unidos a los nuestros. Hablamos de lo que hemos hecho, de los avances del niño. ¿habéis colgado fotos? ¿qué ha comido? ¿ya os entiende? Miles de preguntas, las mismas que nos hacemos nosotros, pero con la incertidumbre de la distancia, preocupados, ilusionados y temerosos por nosotros y por el niño, que también ya es suyo.  
Salimos un rato. Bajamos por el paseo de los Héroes hasta el Volga. Es curioso, nosotros vivimos en Sevilla al lado del RIO, nunca decimos Guadalquivir, aquí la gente vive al lado del Volga. Siempre nombran al Volga, porque viven de cara al Volga.

Paseamos por el puerto, andurreamos por el muelle. Los abundantes mosquitos pretenden acribillarnos. Algunos lo consiguen, pero a la mayoría los podemos mantenerlos alejados porque, prudentemente, nos hemos embadurnado del repelente que traíamos con nosotros gracias a una de las tantas recomendaciones de Svetlana, que tanto bien nos hacen.

Hablamos, planificamos el futuro, nos abrazamos y nos admiramos con unas gentes que disfrutan, como nosotros, de una de las zonas más bellas de la ciudad. El Paseo de los Héroes, como las Ramblas de Barcelona, es un crisol de gente que vuelve del trabajo o viene de las playas del otro lado del Volga, de padres que juegan con sus hijos, de adolescentes cargados de hormonas que las derraman a los cuatro vientos para que otros u otras las recojan. De ancianos que bañan su piel al sol, de puestecillos de bebidas. De patinadores, ciclistas y gente practicando deporte. De vida en una ciudad viva.

El sol se pone. Regresamos al hotel. Preparamos la cena. Hoy toca sopa instantánea, para que el estómago no se “desangele”. Sacamos una cerveza y abrimos uno de los sobres al vacío con jamón ibérico que traíamos en la maleta. ¡qué bien sabe! Y echamos de menos la tortilla de patatas, el salmorejo y un vasito de gazpacho. ¡Ay, mama!


Ya poco queda. Ponemos una “peli” o leemos un rato. Y a dormir. Mañana volveremos a esta maravillosa monotonía, que, hasta el diecinueve, seguiremos disfrutando. 

Un día más en esta bendita tierra, un día menos para el regreso. Hasta mañana, buenas noches.

miércoles, 6 de julio de 2011

Volando Voy


Al principio lo achacaba al vértigo, pero la realidad es otra. No puede ser el miedo a las alturas, no. Me fascina sentarme junto a la ventanilla y, aunque el estómago me dé un vuelco, no dejo de mirar como la tierra se mueve bajo mis pies, mientras intento descifrar lo que el paisaje me cuenta, desentrañar sus unidades o identificar alguno de sus elementos. Aún así, vuelo completamente atemorizado.

Las gotitas de sudor chorrean por mi espalda, resbalan en mis axilas y me bañan todo el cuerpo. A más de treinta mil pies de altura, con el aire acondicionado refrescando mi cara, todo mi cuerpo se empapa con el miedo que, lentamente, se destila por los poros de mi piel.

No son los nervios del viaje. Los síntomas solo empiezan una vez que me adueño de mi asiento. El ruido de motor, la gente colocándose en su sitio, el personal pendiente de todo. El cinturón de seguridad que no cierra. Y ese pasajero intransigente que se molesta con aquella pasajera impertinente. La megafonía escupe algo en un idioma, el mío, que no logro entender.

Me agarro a los brazos de mi sillón. Comienza este viaje.

Las manos calientes y húmedas. Intento racionalizar el miedo, entenderlo para entenderme mejor. No lo consigo. Como un niño asustado, rezo lo poco que sé rezar hasta conseguir un ritmo repetitivo que me aísle del vuelo. La curiosidad me puede y vuelvo a mirar por la ventanilla en busca de un elemento familiar que me una a ese paisaje que sobrevuelo.

No puedo, no me concentro. No soy capaz de sacarme este temor, que es tan físico que me agarrota en mi asiento. Cualquier investigador que me viera incluiría el tétanos como nuevo síntoma del síndrome de clase turista, sin duda. Sonrío para mí, por no echarme a llorar.

Un bache. Un cambio de temperaturas en las masas de aire. Una luz que se enciende y otra que se apaga. La azafata que baja el pasillo a toda prisa. “¡Seguro que otra vez pillamos el ala!”, pensé cuando el mensajero trajo los pasajes. Efectivamente, la pillé. Y ahora el ala parece temblar.  Y ese pasajero impertinente que molesta a la pasajera intransigente. Aquel de allí, el de la peca, tiene más miedo que yo. Lo veo en sus ojos y en el sudor de su frente. Él también puede ver el mío. Arquea las cejas y balancea la cabeza. “¡Mal de muchos....!”, parece decir. Entornando los labios, le respondo imitando sus gestos. “... consuelo de tontos!”, le digo. Y a lo nuestro. Los dos a rezar.

Rebusco en la bolsa de viaje. La tripulación se prepara para repartir el zumo. “Orange or Tomato juice?”, me pregunta la azafata, en un perfecto inglés con un perfecto acento manchego. “Orange for me and … – Ana, tú quieres orange ¿no?, je je- for her orange too, ja ja.”, le respondo, con mi acento de la vega andaluza. Risas y sensación de ridículo nos unen a los tres. Miro en la riñonera. “¿qué buscas?”, me pregunta Ana. Me toma la mano y me relaja.

Hago un par de fotos, intento leer un poco. Nada, que no logro encontrarlo. Me remuevo en el asiento, que cada vez parece más estrecho, o “¿es qué con la altura me crecieron las piernas?”, pienso. Me río para adentro, otra vez, por no llorar.

Por fin doy con el cuaderno de notas. “Para el blog: volando voy/miedo a volar”, escribo. Miro de nuevo por la  ventanilla.”¡Ay, ahora sí!” Veinticuatro horas de viaje, tres aviones, dos trasbordos. “¡Ahí está!, grito. Sobre la colina de Mamayev Kurgan, majestuosa, la madre patria llama a sus hijos a defenderla. La sobrevolamos, acercándonos, respondiendo a su grito, como para protegerla.

Ya no sé que ha sido peor, las esperas, los enlaces, despegar, la travesía o aterrizar. Ya no sé, siquiera, si ha habido algo malo en todo esto. No me importa, el estómago ya no se inmuta. El avión se inclina y comenzamos a girar, vamos a tomar tierra. Adiós miedos. Cuatro meses, eternos, para regresar. Volgogrado, al fin.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Impares

De las diversas reglas que existen para componer adecuadamente una fotografía, me inquieta y me atrae la de los impares.  Como en cualquier actividad de expresión artística, las reglas no son impositivas, y en muchas ocasiones se consigue un buen efecto si uno se las salta o las retuerce. 

No obstante, es muy cierto que se puede conseguir una hermosa instantánea si incluimos un número de elementos impar y es especialmente bella si son tres los objetos fotografiados.

Razones visuales, de equilibrio, incluso cabalísticas,  podrían aducirse para seguirla. Que si uno implica soledad, dos simetría y tres equilibrio dinámico. Que es el número perfecto, o que favorece que el ojo humano tenga una sensación de secuencia, de algo inacabado.

Me gusta esta regla, como referente, incluso para saltármela, y poder hacer fotografías con composiciones que me permitan expresar lo que veo y siento.


Esta fotografía muestra mucho de mí, de lo que soy y de lo que siento. Una simple mirada nos lleva a los elementos principales. Olivos e Impares. Paz y equilibrio inacabado. Así me siento. En paz, feliz y con muchas ganas de culminar una fase importante de nuestras vidas e iniciar, como en una secuencia, las nuevas que están por venir.

Pero, el ser humano, trata de simplificar. Y la composicón, como siempre, es mucho más compleja. No hay tres elementos, no. El cielo, el trigo, los surcos, el horizonte, la intensidad lumínica, el encuadre escogido, la profundidad de campo, etc., acompañan a los elementos principales. Sin el concurso de alguno de ellos la fotografía no podría ser la misma. Mejor o peor, pero, con total seguridad, distinta. El grupo de tres sería percibido de forma diferente.

Está bien llegar a esta imparidad, tan deseada, pero no podemos ni queremos olvidar el resto de elementos que nos rodean y que, en estos días y siempre, está logrando esta composición hermosa de felicidad. Gracias por ello.

martes, 8 de marzo de 2011

Feliz 8 de Marzo


Nos han contado miles de veces que celebramos este día por la desgraciada muerte de 146 mujeres en una fabrica textil de Nueva York cuando le arrojaron bombas incendiarias mientras estaban encerradas en la factoría reclamando sus derechos. Pero este terrible suceso en relalidad ocurrió un 25 de Marzo. Es más, en el mismo Estados Unidos ya se había celebrado el Día de la Mujer el 28 de febrero, en concreto desde el año 1909, y continuó celebrándose en esa fecha hasta 1913.

Los movimientos feministas de finales del siglo XIX y principios del XX, especialmente aquellos ligados con las reivindicaciones sindicalistas de los colectivos de trabajadoras, habían propuesto la celebración conjunta de una jornada reivindicativa en una fecha señaladada. 

Durante la celebración de la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, de forma únámime, se aprobó la instauración del Día de la Mujer Trabajadora, como una forma de reivindicación y de lucha por los derechos de las mujeres.

A partir de 1911 empezó, pues, a celebrarse en distintos países, y convocados por diferentes colectivos, especialmente social-feministas, una jornada de lucha con el fin de demandar derechos para las mujeres trabajadoras. 


La primera vez que se celebró este día en varios países al mismo tiempo fue el 19 de Marzo de 1911 en Suiza, Austria, Alemania y Dinamarca. Se organizaron grandes mítines en los que se exigía la igualdad salarial, el derecho al voto, a ocupar cargos públicos, a la no discriminación laboral, etc. 

A los pocos días ocurrió el asalto a la compañía "Triangle Shirtwaist Company” de Nueva York, donde tantas mujeres murieron. Las mismas mujeres que dos años antes habían conseguido algunas mejoras de las condiciones laborales para el sector textil. La muerte de estas mujeres sirvió como acicate para mantener la lucha en la conquista de sus derechos, de forma que comenzaron a sumarse más paises en los que se celebraba el Día Internacional de la Mujer.

A partir de 1914, a los movimientos en favor de los derechos de los trabajadores y de las trabajadoras, se incorporaron las exigencias en contra de la guerra que asolaba a Europa.

Así las cosas, en 1917, las mujeres rusas eligieron el 23 de febrero del calendario juliano, es decir, el 8 de Marzo según el gregoriano, para una jornada de protesta por la falta de pan y por la muerte de más de 2 millones de rusos en la guerra. Esto marcó el inicio de la Revolución Rusa de febrero del 1917, que derivó en la caída del Zar y la constitución de un gobierno provisional que otorgó el voto a las mujeres.

Desde entonces varios hitos han ocurrido en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Uno que hay que destacar es que la Organización de Naciones Unidas eligió 1975 como el “Año Internacional de la Mujer” y adoptó definitivamente la celebración del Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo. Mucho se ha conseguido, pero todavía queda mucho por conseguir.

En algunos países, el Día de la Mujer es festivo. En Rusia también. Existe la costumbre de que los hombres les regalan rosas rojas a sus compañeras de trabajo y a las mujeres que llenan sus vidas.

Puedes ver por las calles a casi todos los hombres  comprando regalos o cargados con ellos. 

El sábado, en la ciudad de Volgogrado, en las frías estepas de Rusia, fue el último día laborable antes del 8 de Marzo y las mujeres que  terminaban la jornada laboral llevaban orgullosas las rosas regaladas por los compañeros.

Aquí está la mía ¡Felicidades a todas!