miércoles, 13 de julio de 2011

Maravillosa rutina

Suena el despertador. Tenemos que ponernos en marcha. Aunque llevamos despiertos más de dos horas, esta es la alarma que marca el inicio de nuestra jornada. Desde que amaneció, sobre las cinco de la mañana, estamos despiertos. Leyendo, contestando correos, revisando el “feisbu” o leyendo las ediciones digitales de los periódicos. Pero es a las ocho y media cuando comienza nuestra bendita rutina. Recogemos la habitación, nos aseamos, preparamos las cosas que nos vamos a llevar y bajamos a desayunar. 

La peculiaridad que el desayuno tiene es que el noventa por ciento de lo que hay de comestible no tenemos ni idea de lo que exactamente es. Los huevos son huevos, pero esas albóndigas oscuras ¿serán de ternera? ¿de cordero? Ana, más valiente que yo, va probando y, conociéndome, me va diendo el porcentaje de probabilidad de que me guste o no ¡Delicadito que es el niño! 


Al final, una taza de café con leche, zumo de naranja, un par de huevos fritos y unas patatas asadas, que están deliciosas. Probamos unos blinis y nos atrevemos con una especie de hamburguesa, que al final está hecha con hígado de pollo. Suponemos. Yo he descubierto unas gachas de avena que están bastante buenas. A veces, probamos el revuelto de col, pero se me sigue resistiendo esa albóndiga tan oscura y extraña.

Volvemos a la habitación y terminamos de prepararnos. A las diez menos diez nos recoge Svetlana. La eficiente Sevetlana, la amable Sevetlana. Siempre tan precisa, siempre tan dispuesta a hacernos más fácil todo este proceso.

Tardamos poco en llega a la Calle Comunistichescaya (la calle comunista), donde esta la Casa Cuna. De camino, quizás hayamos parado a cambiar euros por rublos. Svetlana nos aconseja el mejor momento, porque, tal y como están las cosas en Europa, varía mucho la relación entre ambos de un día para otro. Curioso como nos hablan los rusos de Europa, como si fuéramos un solo país, con un solo objetivo, aunque nosotros no valoremos ni siquiera esa posibilidad. 
Llegamos a la Casa Cuna, saludamos al guarda en el control. De los dos que se van turnando, el mayor es más simpático y agradable. Toma nota en su vieja libreta de registro de accesos. Luego, a la tarde, anotará la salida.
La diferencia con nuestras primeras visitas, durante el mes de marzo, es que el jardín helado y desierto se ha convertido en un oasis exuberante donde pasamos la mayor parte del tiempo, buscando la sombra y los lugares frescos, por el que no no cesa el continuo trajín de cuidadoras, administrativos, personal médico, visitantes y niños y niñas.

Nos dirigimos al Grupo III, donde vive nuestro hijo. Acaba de tomar el segundo desayuno. La cuidadora lo trae en brazos y nos explica, a través de Svetlana, como ha dormido, lo que ha comido y si es conveniente o no que le demos algo más de la comida que le traemos. 

Dos horas tenemos por delante, que se nos hacen cortísimas, para jugar, conocernos y querernos. Dos horas en las que nos vamos preparándonos poco a poco, los tres, para ser una familia. Sin entendernos bien, procuramos comunicarnos si la mediación de interpretes.  


Si muevo el dedo índice de un lado a otro es que no, y si él se señala el bracito lo que quiere es que le cuelgue su mochilita de Bob Esponja, que por cierto no consiente ponérsela en la espalda y hay que ingeniárselas para que la lleve por delante.

Si pongo las palmas de las manos hacia arriba es que estoy preguntando ¿dónde está? Y si me señala con su dedo indice su boquita es que quiere una galleta. 

¡Ay, las galletas mágicas que nos abrieron su corazón! Siempre tiene que tener una galleta en la mano, no se la suele comer hasta el final de la visita. Y la galleta, como escudo protector aguanta su papel hasta el final, cuando, en un pispás, desaparece engullida.

Ayer dijo agua. El segundo día dijo papá y mamá. Veremos con qué nos sorprende hoy.

Entre risas, juegos, abrazos, caprichos, lloros, besos, carcajadas, carreras, transcurre la visita. Dos horas cortas en las que vamos marcando los límites de nuestra futura convivencia, aprendiendo a ser padres y aprendiendo a convivir entre nosotros.

Así hasta las doce. Ya sabe lo que viene. Comienza a hacerse el remolón. Se nota que también conoce la rutina. Si en los primeros encuentros el recibimiento era lo más duro, ahora lo es la despedida. Llora desconsolado porque nos vamos y lo dejamos allí. El hueco que se te queda en el pecho es inmenso. Ya no lo veremos hasta la tarde.

Volvemos al Hotel Volgogrado. Allí dejaremos las cosas del niño y saldremos a alguno de los centros comerciales que por aquí cerca hay. Buscaremos algo para comer, algo que necesite el niño o simplemente pañales para la Casa Cuna.

Hoy comeremos en un self-service que hemos descubierto. Mañana ya veremos. Comidos y con las compras hechas regresamos al hotel. Leemos algo, revisamos el correo electrónico y descansamos un poco. A las cuatro menos diez nos recogerá de nuevo Svetlana. Tomamos un café en la habitación, nos preparamos y salimos.

Regresamos a la Casa Cuna. El niño acaba de terminar su siesta y ha tomado su merienda. Tenemos que darle un tiempo para que vaya tomando su ritmo normal, que es muy fuerte. Ahora toca perseguir un gatito, o recoger un palo que mamá dice que con él se puede hacer daño, y llora desconsolado cuando se lo quitamos. No importa, papá ha cogido una hormiga y se la pasa de mano en mano mientras la risa floja gana terreno. 

Damos un paseo, saludamos a otros niños que también han salido a pasear por los jardines de la Casa. ¡Mira! ¡Un pájaro, un carbonerito!, le digo. Y corre con mamá tras él, pero sale volando. Me llama con la manita a lo lejos como diciendo ¡ven, corre, ven! Y voy, y corro tras él, y jugamos al corre que te pillo. Y lo pillo, y lo abrazo, y me lo como a besos y se ríe a carcajadas. Y felices los tres.

Un extraño ruido. Señala al cielo, y un avión verde, como el que nos trajo, sobrevuela nuestras cabezas. ¡Mira, mira!, parece decir. Y yo le digo que pronto iremos nosotros en uno como ese. Y le beso.   
Ahora una piedra del suelo, o la moto que le trajimos en el primer viaje, o las piezas de goma espuma para construir castillos. Este es como el de Almodóvar, le dice Ana. Y él lo derriba, mientras yo trato, teatralmente, de impedírselo. Y nos reímos hasta deshacernos. Así hasta las séis. 

Esta vez no llora. Le he dado uno de esos caramelos que tanto le gustan, esos de gominola, y, mientras nos despedimos, anda medio despistado intentando quitarle el papel. Cuando nos hemos separado diez metros levanta la mano y la mueve. No sé si quiere que vuelva o me dice hasta mañana, pero no le gusta que nos vayamos. ¡ah!, Ana y yo suspiramos y nos damos la mano.

Volvemos al hotel, de nuevo. El tiempo vuela. Nos duchamos, preparamos el ordenador, descargamos las fotos y los videos y empezamos la ronda de llamadas a la familia. El milagroso Skype nos mantiene unidos a los nuestros. Hablamos de lo que hemos hecho, de los avances del niño. ¿habéis colgado fotos? ¿qué ha comido? ¿ya os entiende? Miles de preguntas, las mismas que nos hacemos nosotros, pero con la incertidumbre de la distancia, preocupados, ilusionados y temerosos por nosotros y por el niño, que también ya es suyo.  
Salimos un rato. Bajamos por el paseo de los Héroes hasta el Volga. Es curioso, nosotros vivimos en Sevilla al lado del RIO, nunca decimos Guadalquivir, aquí la gente vive al lado del Volga. Siempre nombran al Volga, porque viven de cara al Volga.

Paseamos por el puerto, andurreamos por el muelle. Los abundantes mosquitos pretenden acribillarnos. Algunos lo consiguen, pero a la mayoría los podemos mantenerlos alejados porque, prudentemente, nos hemos embadurnado del repelente que traíamos con nosotros gracias a una de las tantas recomendaciones de Svetlana, que tanto bien nos hacen.

Hablamos, planificamos el futuro, nos abrazamos y nos admiramos con unas gentes que disfrutan, como nosotros, de una de las zonas más bellas de la ciudad. El Paseo de los Héroes, como las Ramblas de Barcelona, es un crisol de gente que vuelve del trabajo o viene de las playas del otro lado del Volga, de padres que juegan con sus hijos, de adolescentes cargados de hormonas que las derraman a los cuatro vientos para que otros u otras las recojan. De ancianos que bañan su piel al sol, de puestecillos de bebidas. De patinadores, ciclistas y gente practicando deporte. De vida en una ciudad viva.

El sol se pone. Regresamos al hotel. Preparamos la cena. Hoy toca sopa instantánea, para que el estómago no se “desangele”. Sacamos una cerveza y abrimos uno de los sobres al vacío con jamón ibérico que traíamos en la maleta. ¡qué bien sabe! Y echamos de menos la tortilla de patatas, el salmorejo y un vasito de gazpacho. ¡Ay, mama!


Ya poco queda. Ponemos una “peli” o leemos un rato. Y a dormir. Mañana volveremos a esta maravillosa monotonía, que, hasta el diecinueve, seguiremos disfrutando. 

Un día más en esta bendita tierra, un día menos para el regreso. Hasta mañana, buenas noches.

6 comentarios:

Merichusmy dijo...

Muchas gracias por compartir vuestras vivencias con nosotros, que nos hacen tan felices como a vosotros.
Muchos besos desde el Mediterraneo

Scaramouche dijo...

:-D

Salvador Carmona Fálder dijo...

Deseando de teneros cerca

Salvador Carmona Fálder dijo...

Con muchas ganas de veros...

Antonio dijo...

No se cuantas veces lo he intentando, pero no hay manera de que se publique.
Que muchas felicidades, que me alegro mucho y que espero que esteis pronto de vuelta los 3.
Desde Barcelona, un besazo a los tres.

paquinais dijo...

Consigues emocionarme, y recuerda hay que comer de todo q ahora eres padre,jejejeje, besos